Estaba perdiendo más sangre que un cerdo acuchillado por un matarife inexperto. Los suyos le habían abandonado en el páramo ante la llegada inminente de los carros de combate del enemigo. La superioridad del otro ejercito era considerable, y el miedo había hecho mella en los más débiles, haciéndoles huir en desbandada.
Volaban en círculo, a menos de un centenar de metros de su cabeza, varios buitres con apetito. Minutos antes había rezado acariciando la medallita de la Virgen que colgaba de su cuello, la que le había regalado su abuela materna en el día de su primera comunión. Le aterró la idea de que los siniestros carroñeros se cebasen en él mientras todavía estuviese con vida. Le pidió a la Virgen un milagro.
Desde la inmediata colina le llegó el ruído de un motor. Tal ruído se fue haciendo más intenso y enseguida vio la silueta de un carro de combate. Era un tanque gigantesco de última generación, una de las bazas con las que contaba el enemigo para ganar aquella guerra. La máquina fue agrandándose ante sus ojos a medida que avanzaba... diréctamente hacia él!
Rodaba sobre una alfombra de cadáveres porque eran tantos los muertos que no había forma ni escrúpulos de evitarlos. Y él también era ya casi un cadáver. Cerró los ojos cuando la enorme mole blindada estaba a muy pocos metros de su cara.
Quedó aplastado como una cucaracha, convertido en una masa asquerosa de sangre, vísceras, excrementos y huesos triturados. Toda una mierda de ser humano. Ah, y allí estaba también la medallita de la Virgen, la que no le abandonó en el último momento.
Pero a los buitres les daba lo mismo porque sobraban cadáveres.