Relatillos superficiales (Segunda entrega)

Una estupidez

Juanillo se sentía eufórico porque todo le iba bien, así que decidió hacer la primera locura de su vida. En su pueblo casi todos eran pobres, algunos pauperrimos, y pensó en regalarle a uno de ellos un billete de cien euros.
Lo arrojó por la ventana de su casa, en un cuarto piso, a una hora en la que apenas pasaba gente por la calle porque era la hora de la siesta.
Se admiró de que el billete tardase tanto en posarse en el suelo, venga a planear y planear... Al fin tocó el borde de la acera y allí quedó estático, no era un día de viento.
Aguardó impaciente a ver a quién le tocaba la fortuna En eso llegó el señor Glorialdo, caminó directo hacia el billete y... pasó de largo!, incluso lo pisó. Recordó que el bueno de Glorialdo era corto de vista. Pues le habría venido muy bien el dinerito porque tenía a su mujer enferma y eran un matrimonio muy pobre.
A los cinco minutos apareció Don Cristino, el rico del pueblo. Este si lo vio y no perdió un segundo en echarle mano. Siempre había tenido muy buena vista para el dinero.
Juanillo se percató de que había cometido una estupidez. La estupidez no fue desprenderse generosamente de cien euros, sino regalárselos al más rico del pueblo.